"Todo lo bueno que tengo, es por lo que tuve" Prof. Francisco Carrau

31.10.2020

Nos encontramos con Francisco Carrau en el bar Alkalá. Me sugirió, que para este tipo de entrevista; era necesario otro lugar, diferente; a los espacios académicos donde trabaja. Entendí, que lo necesario era que la mente se tomara un café y le permitiera a las emociones, comunicarse.

Durante la charla, Francisco me comentó, que el vino actualmente tiene un lugar de reconocimiento. Antes, cuando él era adoelescente y compartía a los demás, que en su mesa había vino, el entorno respondía con cierta indiferencia y desaire. Supongo que ese menosprecio, era la voz y la expresión de la ignorancia, porque desconocían que en el interior de ese vaso, había un misterio para descubrir. Aquellos seres cuestionados, cuestionadas por tener un vaso de vino en la mesa, tenían la misión de transmitir un tesoro afectivo infinito, una riqueza invaluable de historias de vida, que hoy; para muchos, forma parte de nuestra identidad afectiva.

Con el paso del tiempo, al vino lo convirtieron en bueno. Adquirió un lugar de valor, de importancia en la mesa familiar y en diferentes encuentros sociales.

¿Habrá sido el amor de nuestros ancestros por el vino?, ¿quién nos ha enseñado a respetarlo y a quererlo?

Francisco Carrau, nació en el barrio Colón, que en el siglo XIX integraba Villa Colón, junto a Pueblo Ferrocarril y Melilla.

Colón, mantiene aún espacios con una intensidad aromática, que data de cientos de años; el aroma a eucaliptus nos transporta al surgimiento de la Villa, fundado por Don Perfecto Giot.

Giot, inmigró de su país natal Francia hacia Uruguay, y encontró en Colón espacios vírgenes para su pasión, la naturaleza y su belleza. Era la época del romanticismo, y el comienzo de una revolución, que atravesó su propio continente natal, Europa.

Y fue así, que la Villa se dejó cuidar y aderezar, con bosques repletos de eucaliptos australianos, casi un millón, que mandó traer Giot, por su amigo paisajista también francés, Jean Pierre Serres.

Giot, logró transformar de forma voluntaria a Colón, en un espacio turístico, construyendo un hotel con su nombre y contagiando al pueblo que en esa zona habitaba, a convertir a la Villa en un lugar de pertenencia.

Colón, fue creciendo y sus habitantes también, crecía el entusiasmo de las personas que confiaban en que la Villa, era testimonio de su propio desarrollo personal y profesional.

Y en ese contexto, Francisco Vidiella, oriundo de España, en 1875 se atrevió a cultivar distintas cepas de vino, en grandes extensiones en las inmediaciones de Colón.

Los vinos procedentes de ese terroir, tan querido por representantes de distintos países, fueron los primeros vinos de Uruguay que llegaron a Europa, y obtuvieron reconocimiento en la exposición de Barcelona en 1889.

La mayoría de los inmigrantes, llegaron a nuestro país expulsados por las guerras y las crisis económicas. En sus valijas cargaban el dolor, de no poder quedarse a construirse en la ciudad que los acunó ¿cómo aliviar el dolor?, ¿había que aliviar el dolor? Y quizás, para continuar, algo necesitaban, necesitamos sanar.

Juan Carrau Sust y Catalina Pujol, abuelos de Francisco Carrau, llegaron a Uruguay en el año 1930, la crisis financiera que ocurría en España, afectó la producción y venta del vino que elaboraban.

Juan Carrau Sust era enólogo, su abuelo, Juan Carrau Ferrés fue uno de los primeros en habitar las tierras Uruguayas y comercializar los vinos que producían en Vilassar, España.

Juan Carrau Ferrés viajaba en el barco Místico Mercurio, desde Europa hacia las Américas, para vender varios productos, entre esos productos; estaba el vino.

La viticultura, comenzó a ser una de las principales fuentes de ingresos económicos, pero también era un modelo de trabajo basado en la constancia, disciplina y amor hacia lo que hacían, para sustentar a su familia.

Las tierras uruguayas no eran desconocidas para Juan Carrau Sust, no sólo parte de su familia ya conocía a Uruguay, sino que su esposa Catalina Pujol y sus suegros de origen Catalán como él, vivían en Uruguay.

Juan Carrau Sust, con ayuda de su suegro, conoció al Sr. Passadore y al Sr. Mutio, productores vinícolas en la zona valorada de Villa Colón.

Los tres realizaron una alianza, y fundan la Bodega Santa Rosa en 1930. Creemos que el nombre Santa Rosa, fue en honor a la virgen Santa Rosa de Lima, considerada patrona de América y de Villa Colón. El trabajo en equipo, "todos para uno y uno para todos" dio sus frutos.

Santa Rosa, fue la bodega más grande del Uruguay en esa época y lideró el mercado en los años 60 y 70. Juan Carrau Sust y su generación siguiente habían conquistado a Colón.

Juan Carrau Pujol, hijo de Juan Carrau Sust y Catalina Pujol, tenía 6 años; cuando llegó con ellos a Uruguay en 1930, y con sólo 16 años, pasó a ser socio de la bodega. Su papá, Juan Carrau Sust, tuvo un accidente cerebro vascular que le impidió continuar con la tarea de enólogo.

Los tres socios, tenían una casa pegada a la bodega, la cercanía facilitó el aprendizaje de Juan Carrau Pujol, que le permitía observar y compartir el riguroso trabajo de su padre.

La adolescencia de Juan fue diferente, la revolución interna, la volcó en continuar con la producción de vinos. Siempre hay opciones para tomar distintos caminos y más, en esa edad. Los 18 años que su padre, Juan Carrau Sust estuvo con parálisis de la mitad de su cuerpo, Juan eligió poner todo de su cuerpo, alma y mente; para que lo logrado hasta ese momento, se sostenga.

Mientras su madre Catalina cuidaba de su esposo, Juan tomó la dirección de la empresa y realiza cambios fundamentales, que resultan en más prosperidad para la bodega. Y en 1960, Juan Carrau Sust muere, pero su leyenda continuó.

Tener la posibilidad, de producir aquello que nos conecta a nuestros referentes que ya no están vivos; nos permite traerlos a nuestra realidad cotidiana y hacerlos presentes, porque nosotros somos, también, gracias a las memorias de otros; que estuvieron ayer.

Juan, había aprendido que compartir con otros las experiencias de vida, nos hacen más humanos y sabe que la omnipotencia existe, pero aísla. Por eso, integró a su hermano menor, José Luis Carrau Pujol a formar parte de la Bodega Santa Rosa.

Por suerte, no era todo el día trabajo, había momentos para descansar, conectarse con amigos, dejarse acompañar por otros. Y un día, Juan se enamoró, y fue María Elena Bonomi que también aceptó dejarse acompañar. Luego de 6 años de relación, deciden ir por más y se casan en 1948.

Francisco Carrau Bonomi, hijo de Juan y María Elena, nace en 1961, es el penúltimo de ocho hermanos, cuatro varones y cuatro mujeres. Y en esos años de prosperidad familiar y profesional, parece que la crisis se impone diciendo:-¡no se puede crecer, si no estoy yo!

En 1973, Juan y José Luis, se separan de la sociedad que habían formado con el Sr. Passadore y el Sr. Mutio. Las diferencias de pensamientos, son necesarias para trabajar en equipo, pero si esas diferencias no suman, sino que divide, separarse entonces es uno de los resultados.

De la división, el Sr. Passadore y el Sr. Mutio continúan en la Bodega Santa Rosa, y Juan y su hermano eligen la Bodega que habían construido en Brasil, Caxias do Sul. Durante los años de prosperidad en la Bodega Santa Rosa, Juan se había proyectado hacia el futuro, quería seguir creciendo y construyó en Brasil, la Bodega que recibió el nombre "Chateau Lacave". La palabra Chateau proviene de Francia, madre tierra de exitosos vinos, que mostró a los demás; su estilo de crianza y no me refiero, al uso de la madera para acariciar el mosto; si no a la forma en que los vinos eran valorados. Un estilo digno de imitar, con nuestra propia esencia.

En ese entonces, el hermano mayor de Francisco Carrau, Juan Luis Carrau, recibido de biólogo se fue al país tropical a trabajar en la Bodega. Para un biólogo ir a trabajar en un país con un ecosistema tan diverso, ¿qué puede ser mejor? Juan Luis, ama las diferentes formas que tiene la vida. Tiene facilidad para interactuar con los distintos reinos de la naturaleza, y en su adolescencia disfrutaba de interactuar con Francisco. En ese período, le enseñaba a construir aviones de madera, a contar levaduras y a mostrarle los misterios de la biología. Y en ese vínculo de afecto amoroso, Juan Luis se convirtió en un referente para Francisco.

La mamá y el papá de Francisco, tenían muchas exigencias en su trabajo. María Elena planificaba, organizaba y ponía en movimiento las tareas domésticas. Juan, era empresario en el mundo del vino, y también en el universo de las aves, transformándose en avicultor y fundador de otras empresas.

Luego de transitar la experiencia en Brasil, con la Bodega que habían construido; Juan extrañaba el suelo uruguayo, pero también quería estar cerca del calor de Brasil. Entonces, con la ayuda de referentes de California especializados en el suelo, decidió comprar tierras en Rivera, Santana do Livramento, Cerro Chapeu; para comenzar una nueva etapa en la historia de sus vinos.

En el año 1975, inaugura su vendimia haciendo homenaje a su mamá Catalina Pujol, y sale al mercado el vino conocido con el nombre, Castel Pujol.

Mientras, Francisco Carrau siguió los pasos de su hermano mayor Juan Luis, y comenzó a estudiar biología. La especialidad de Francisco en micro-biología es amplia, conoce el ecosistema de los hongos filamentosos del suelo y el hábitat de otros fungis: las levaduras.

Las elecciones de Francisco van de la mano, de otras manos. De la mano de su mamá cuando la ve entrar en acción en los quehaceres cotidianos, de la mano de su papá cuando les sirve a la hora de comer, un vaso de vino con agua; y acompaña el gesto con éstas palabras: "tomen esto...., es lo más sano que hay".

Experiencias que atraviesan nuestros sentidos y que se escriben en la memoria, para cuando la necesitemos; podamos evocarlas.

A medida que fue creciendo, Francisco continuó comulgando lo que le habían enseñado en su casa y de otros maestros en Uruguay. El constante aprendizaje, le permitió trabajar en proyectos de investigación a nivel internacional.

En marzo de 1984, se le diagnostica al padre de Francisco, una enfermedad autoinmune que agrede a las articulaciones, llamada poliarteritis nodosa . En septiembre de ese año, a los 60 años, Juan fallece. Francisco relata que la crisis económica, que ocurrió en 1982 pudo haber precipitado la enfermedad y el desenlace final.

Juan Carrau Pujol, estaba acompañado por su hermano para resolver las dificultades económicas por las múltiples empresas activas; sin embargo, el colapso financiero en América Latina paralizó a muchos productores.

Juan fue un hombre que siempre miró hacia adelante, optimista en que los nuevos desafíos deben ser atravesados, con el propósito de generar cambios, a favor; de nuestra evolución humana. María Elena, eterna compañera, falleció seis años después, a los 60 años.

Sus descendientes, todos, heredaron la pulsión de vida para continuar. La muerte de Juan dio paso a que sus hijos pudieran poner en práctica lo que habían aprendido, y hacer su propio camino; donde las certezas y los problemas, iban a marcar un nuevo rumbo familiar.

Había pasado la crisis económica y dejó la oportunidad de generar transformaciones. Cada uno de los hermanos, desde su rol sumaba a la empresa familiar. Algunos, desde la presencia más activa, otros; desde la distancia. Se aportaban ideas trasmitidas en palabras y en el medio del barullo, el silencio; para buscar un justo equilibrio.

¿Pero la estabilidad permanente genera crecimiento?

En el año 2016, el tiempo marcó otro cambio y el conflicto de intereses se hizo presente. Y todos los hermanos con sus válidas razones, decidieron abrirse nuevos caminos.

Francisco Carrau camino hacia el Norte, hacia la Bodega Cerro Chapeu y otros hermanos caminaron hacia el Sur, donde está la Bodega Santa Rosa. Norte y Sur puntos cardinales opuestos, pero complementarios.

Francisco trabajó como enólogo en la bodega hasta que cumplió 50 años, a nivel profesional había dedicado la mitad de su vida; a una de sus pasiones. El refiere, que trabajar como bodeguero es una de las profesiones más difíciles. Dice: "Para hacer vinos tenés q tener un porcentaje de pasión, preocuparte del viñedo, de la poda, esto requiere de un cuidado más constante, erras en la poda y te enteras al año".

Actualmente, Francisco trabaja en proyectos de investigación en la Facultad de Química, su otra pasión.

A los 17 años conoce a Joyce, su esposa. Ambos cursaban 5to año de liceo. A los 24 años se casan con la ilusión de que llegue el día o varios días, de poder compartir sus historias de vida con sus hijos, Pía, Cecilia, Felipe y sus dos nietos.

Francisco recuerda su infancia y adolescencia metiendo mano en los viñedos, pegando etiquetas en las botellas de vino. Recuerda, cuando el padre le delegó el cuidado del palomar, y el sentimiento de felicidad de vigilar a los pichones, alimentarlos, enseñarles a volar y que puedan volver a su nido. Juan hizo más que delegar, le dijo a su hijo; a través de ese gesto, que confiaba en él. Y la confianza, permite a cualquier especie de pichón, sentir felicidad.

Durante la tertulia en el bar, menciona lo divertido que pasaba con sus primos y sus abuelos maternos, Luigi y María Elena, en la casa ubicada en Sauce. Los abuelos se turnaban por hacer las tardes alegres. Mientras el abuelo explicaba las diferentes especias y plantas aromáticas que cultivaban, la abuela lideraba los juegos de mesa, donde aprendían a ganar, pero sobre todo a perder, con la esperanza de una revancha que pueda dar futuras victorias.

El color y el aroma del pimentón rojo, fuerte antioxidante; les regalaba juventud a el espíritu de sus abuelos, y hoy; una memoria aromática a Francisco que lo traslada a un pasado lejano en el tiempo, pero a pocos pasos del corazón.

Francisco, se siente agradecido por los padres que tuvo, y por las oportunidades que sus hermanos le han dado, para que él pueda; continuar con sus pasiones. Transmite en cada oportunidad que puede, el lema que Juan, su papá, le explicó. Para dar órdenes a los demás, hay que hacerlo explicando el motivo, de esta manera integras al otro y el resultado final; depende de todos.