"La suerte de equivocarse" Enóloga Valeria Chiola

04.11.2020

                                              

Cuando hicimos la entrevista, hacía tres días que Valeria Chiola soltó los 34 años que tenía; para aceptar un año más, el pasado se transformó, en un presente que vamos a contar.

En esta historia, los que se equivocan, entienden que el error; es una nueva oportunidad para des-aprender y volver a comenzar.

Luego de terminar la Tecnicatura en Enología, Valeria ganó una beca para realizar una maestría de microbiología de vinos, en Italia. Esa oportunidad, era para algunos elegidos; los requisitos era ser universitario, y familiar de inmigrantes Italianos.

El segundo requisito, se cumple de la CH a la A, el primero lo hizo cumplir el destino. La licenciatura, aún no se habilitó por la Universidad de la República, pero eso no impidió que Valeria viaje a Italia, y finalice el posgrado. Cuando se dieron cuenta, Valeria estaba por culminar el curso de microbiología. Sin título universitario, logró su título personal, seguir aprendiendo para trabajar; y enriquecer el emprendimiento familiar en la Bodega Chiola.

La Bodega Chiola nace en 1929 en la ciudad de Pando.

Adolfo Chiola, bisabuelo de Valeria, inmigrante de Piamonte; Italia, se refugió de las guerras en tierras uruguayas para cumplir su misión. Comunicar al nuevo mundo, que en su casita de Piamonte, tenía una parcela de vid; tradición que lo une a su pasado y es un puente para su futuro.

Pues Pando, era el lugar ideal, comunica la capital; con el resto de los departamentos. Su misión había comenzado, Pando empezó expresar a través de sus tierras; lo que Adolfo quería decir.

La parcela fue creciendo, hasta convertirse en varias hectáreas y transformarse en Bodega Chiola. Nélson, abuelo de Valeria, siguió con el deseo de Adolfo; su papá. Con la ayuda de su esposa María, le trasmitieron a sus hijos; Nélson y José Luis, el desafío de mantener lo que su bisabuelo trajo en sus valijas, pero más; en el corazón. Construir, lo que se estaba destruyendo en su patria.

Desde pequeños, Nélson y José Luis; ambos habían entendido cual era el deber. Sin embargo, con el tiempo el desafío se fue transformando; porque ellos fueron madurando y en ese proceso de crecimiento, algunas ideas caducaron y otras fueron perennes.

Valeria, en Italia, además de tener excelentes calificaciones y participar de un proyecto de investigación; la maestría le permitió encontrarse con su historia y parte de sus orígenes, que le dieron la posibilidad de conocer el amor por la vid; y también por la vid-a.

Valeria dice: " el año 2007 fue muy intenso, me dio afán por buscar donde vivían los familiares de mi abuelo, que pasó con ellos; porque se vinieron. Recorrí todos los pueblos, y en cada pueblo veía un Chiola caído por la guerra. Hablé con un montón de gente, me encontré con familiares; me contaron mil historias y yo descubrí parte de mi historia".

Buscar a otros, es reflejo de nuestra propia búsqueda interna, y aquellos caídos en guerras perdidas, se levantan a través de los que hoy están; para defender nuevas batallas. Ella sabía, que se venían nuevas cruzadas por atravesar.

A su regreso de Italia, se trajo la experiencia que buscaba; empezar a marcar su propia huella en la bodega familiar, y eso implicaba salir del camino que otros; ya habían hecho.

La batalla comenzó, el conflicto era con su propia voz interior; por un lado ser parte del equipo ya formado, y por otro volver a comenzar.

Nélson y José Luis, cierran la bodega en el año 2014 por un sentimiento simple; llegó el momento de darle lugar, a otros intereses personales. Su papá y su tío, sentían la curiosidad de conocer y aprender de la diversidad que el mundo ofrece; y la Bodega Chiola había cumplido su cometido.

El cierre de la bodega, sembró en Valeria; el deseo de continuar el legado de una pasión; que había cruzado el océano Atlántico y lejos de naufragar, antes de cerrar la bodega, Valeria agarró el timón de su propio destino.

Se fue a California en varias oportunidades, trabajó en la bodega Alto de la Ballena en Maldonado, fue docente en el museo del vino; y en la cámara de comercio de Pando.

Y al mismo tiempo, acompañó a su papá, en el último ciclo de la bodega familiar. Cuando uno ama lo que hace, el tiempo nos da horas, meses, años para lograrlo.

Valeria es reconocida por su actitud constante y compromiso hacia cada tarea de su trabajo, por cuidar el vínculo con las personas que compartía extensas jornadas; y por disponer una distancia justa con el prójimo, sinónimo de respeto.

La infancia de Valeria comienza muy temprano, desde la mañana cosechando uvas en las épocas de vendimia, para luego sumergirse y descansar en las piletas de vinos por la tarde.

Sus memorias hacen contacto con el mosto, para extraer recuerdos que se embotellan y se descorchan en el disfrute del encuentro con otros; consigo misma y en las elecciones que vendrán.

Y un día, como cualquier otro; que luego se transforma en esos días no cualquiera, sino en el día que marca un antes y un después en la vida de nosotros, Valeria recibe la llamada de un tal Pacha.

Valeria, sabía que podía llamarla el Sr Eduardo Canton (Pacha); amigo argentino de la Sra Paula Pivel propietaria de Bodega Alto de la Ballena.

Pacha, le comentó a Paula, que quería construir una bodega en Carmelo; y Paula le pasó el teléfono de Valeria.

Cuando se comunica por teléfono con Valeria; le dice: " Hola! ¿Valeria? Soy Pacha, te llamo porque quiero hacer una bodega en Carmelo, ¿me das una mano? venite el miercóles y conversamos un rato. Valeria, le responde: "¿querés que te envíe el curriculum vitae antes de ir? No, contesta Pacha: " con lo que me habló Paula de ti, para mí es suficiente; nos vemos".

Silencio.....

La simpleza es así, muy complejo de pensar y fácil de sentir.

Entendible, Valeria no entendía nada; pero sentía mucho. Miedo, nerviosismo, desconfianza y alegría, cada una de éstas emociones invadidas por las otras.

Pero las emociones se ordenan, cuando son sostenidas. Hablar sostiene y escucharse también.

Valeria, tenía muchas dudas, y le generaba inseguridad ir a Carmelo a encontrarse con Pacha; en el diálogo con él, no había un protocolo standar previo a una entrevista de trabajo. Quizás, para Pacha, el protocolo es seguir lo que uno cree y siente.

No hubo necesidad de una currícula, formada por una sucesiva locución estable de palabras, escoltadas por méritos; trayectoria laboral y premios.

Para Pacha, las palabras no se las lleva el viento; Paula le había trasmitido lo fundamental que fue el pasaje de Valeria por su bodega. Pudo intuir en el diálogo con Paula, que muchos podemos hacer una tarea, pero la diferencia está; en la madurez emocional de cómo la hacemos.

Ese miércoles del año 2009, Valeria lo esperaba en Carmelo. Pacha estaba demorado, venía desde Buenos Aires; le comunicó la administrativa, del Restó del lugar.

Cuando se conocieron, Valeria tenía 25 años y Pacha un gorrito con visera que no resguardaba su rostro, quería observar con atención, la mirada de Valeria cuando él le comente la propuesta.

"No soy bodeguero, lo único que hago es tomar vino. Me gusta invertir en negocios inmobiliarios, acá había una bodega; y para que las personas la conozcan, quiero que este lugar crezca. Lo único que te pido, es hacer un rico vino, yo compro todo lo que necesites para la bodega, ¿vos cuando podes empezar?"

Las dudas para Valeria lejos de decantar, se mezclaron con emociones nuevas. La ilusión de poder concretar, uno, de sus deseos personales: tener la oportunidad de crear su propia ilusión, hacer un rico vino.

Pero Carmelo no está en Pando, otro lugar donde habitaba el deseo de hacer un rico vino.

La realidad la podemos convertir en magia, pero la fantasía no siempre puede ser realidad. Nuestras fantasías, muchas veces conviven juntas; son reales en esa dimensión. Deseo de hacer ricos vinos, en dos lugares a la misma vez; coexiste en nuestras fantasías.

En Pando, estaba la bodega familiar; su hogar que había construido y un viñedo de pocas hectáreas donde veía su futuro.

Desarmar es fácil, construir no. Cuando desarmas ya sabes el final. Volver a comenzar, requiere seguir una idea sin conocer el final; es seguir el instinto, sin certeza del resultado.

La tecnicatura en enología, le enseñó a Valeria; que no se puede predecir a veces, cómo va a evolucionar un vino, pero, si respetamos el proceso; el vino agradece el cuidado que recibió.

Esta enseñanza, la utilizó como recurso para darle un sentido a sus dudas; cuando tomó la decisión, de irse a Carmelo.

De regreso a su casa, en Pando, la inseguridad por los nuevos cambios que se asomaban; se fueron disipando, cuando Valeria pudo hablar con sus padres, de su deseo. Ellos, celebraron la decisión. Celebraban también, que las decisiones que habían elegido como padres; eran las correctas, aún; muchas veces equivocándose. Educar, para que los hijos sean libres; no es fácil.

Alicia, la madre de Valeria, fue instruida para obedecer los mandatos familiares; y sin juzgar a sus papás, quienes también, fueron adiestrados para lo mismo. Pero alguien, tenía que romper con las reglas, para armar las propias. A los 24 años de edad, Alicia conoce a Nélson y se casan.

Esta es una de las historias, que casarse con la persona que uno ama; es amarrarse a la vida, a sujetarse a uno mismo y a unirse en buscar la libertad; día a día, con alguien que se atreva a intentar lo mismo. En este proyecto en común, Nelsón consciente del patriarcado que atravesaba a las familias; apoyó a que la mamá de Valeria, estudiara y trabajara. Y ambos, se esforzaron para que la crianza de Valeria, Martín y Mauricio sean distintas y justas. Distintas, porque la singularidad de cada uno de ellos; es diferente, no igual.

Mientras que la madre de Valeria, trabajaba en el banco, el padre lo hacía en el viñedo.

Valeria, ayudaba a su abuela María; a cocinar para los empleados de la bodega. Antes de terminar la tarea, el día la sacaba a correr por el viñedo. Los lagares de vino, esperaban la visita de las risas cómplices de Valeria, sus hermanos y primos. Luego que cada uno de ellos, dejaba golpear, la puerta de madera y tejido de la casa, el alboroto; marcaba el comienzo de la diversión.

La época de vendimia, era la más entretenida. Por arte de magia, el viñedo se colmaba de gente y la rutina cambiaba. Comenzaba la acción en la casa de la abuela, y los refuerzos de leonesa, eran un gran clásico que todos esperaban. Los entregaba a las seis de la tarde, hacía ya un rato, que el hambre gritaba; pero el amor que dedicó la abuela a cada refuerzo, silenciaba a cualquier apetito feroz, que sobrevolaba por la vuelta.

"Si pienso en mi infancia, antes que los recuerdos visuales se me vienen dos aromas, y un sonido inolvidable: el olor a fermentación, que invadía mi casa pegada a la bodega; el olor a cebo en la ropa de mi padre, cuando entraba a casa. Así como también, el sonido de una bomba a pistón, que me despertaba y también estaba ahí; cuando me iba a dormir". Este sonsonete, lejos de ser molesto; le da ritmo y alegría a los pensamientos creados en su infancia, y que siguen presentes, para recordar quien es.

Tenían prohibido la entrada a la bodega, sin la mirada de un adulto, pero lo hacían igual.

En la entrada había una rampa, ahí jugaban carreras subiendo y bajando varias veces; los que ganaban y también perdían, se llevaban el premio de abrir los grifos; donde el vino salía. Festejaban con Martín, hermano de Valeria, sus victorias.

Cuando Valeria relata esta memoria, renace una sonrisa inevitable; al experimentar una vez más la tinta negra que salía del grifo y los bigotes violetas que dejaba en Martín. La complicidad de su padre, hacía aun más divertida esta travesura.

El juego en la infancia, nos transporta a otro planeta; donde convertimos en realidad nuestros deseos.

Los niños saben que el juego, tiene un comienzo y un final; pero el poder y la magia no tiene fin. Tenemos el poder y la magia de jugar, cuando somos adultos; en ésta etapa, el juego nos permite convertir muchas de nuestras fantasías; en realidad.

A través de las enseñanzas lúdicas, que su papá compartía con su hija en la bodega; Valeria, convirtió el juego en trabajo.

Y un 23 de diciembre, Valeria bajó del ómnibus con su mochila; cruzó la ruta los 33 Orientales y comenzó a liderar sus sueños de la infancia.

En la bodega, estaba la enóloga Valeria Chiola y la vendimia que se aproximaba; faltaba sólo el resto de las cosas: un laboratorio, moledora, prensa, equipo de frío y Pacha; que no estaba por compromiso laborales.

Volver a comenzar, requiere de nuestra energía vital; que se va transformando y nos renueva en cada logro que vemos nuestra voluntad invertida.

La vendimia del año 2010, desafió a Veleria. Hubo en ese momento; posibilidad de vinificar, con la cooperación de otras bodegas amigas. Sin embargo, Valeria aceptó el reto de hacerlo sola. Fue una competencia con su yo interior, intentar superarse a sus propias decisiones, en definitiva; ella había elegido ese duelo.

Las batallas internas, que estimulan crecer; siempre dan resultados a nuestro favor.

Valeria, el equipo que la acompañaba y Pacha desde la distancia, ganaron el duelo. La vendimia del año 2010 resultó en 20.000 botellas de la bodega Narbona.

No había dudas, Carmelo era el destino para Valeria. Y ese destino que eligió, le enseñó que las cosas pasan por algo. Pasan por los afectos que están y aquellos que decidimos que ya no estén.

A veces, tenemos la sensación de que el tiempo es una variable estática; día y noche se repiten todos los días, y es cierto; todos los días hay días y noches. Sin querer, podemos confundirnos y nos identificamos con las horas; creemos que somos invariable, eterno, día y noche, y no lo somos. Cuando esto ocurre, nos perdemos en el tiempo.

Pero es necesario perderse, todas las veces que sea necesario; porque es ahí donde nos encontramos.

Y hoy, las horas con sus días y sus noches, crean nuevas historias para contar.

Don Juan de Narbona, era inmigrante español; de la comunidad de Aragón. Llegó a Carmelo en el año 1700 aproximadamente.

Fue un conquistador, en busca de nuevos tesoros; construyó la Estancia Narbona con el fin de suministrar a Buenos Aires piedra caliza para distintas obras. No sólo trajo esclavos, también varias cepas de vid, un noble patrimonio cultural de su país.

Con sus sombras y sus luces, Don Juan elaboró vino para su propio consumo; que luego de fallecer, su hija decidió que el tiempo decrete el destino de lo construido por su padre.

En el año 1990, Pacha adopta el patrimonio abandonado; protege las instalaciones y le da identidad a la bodega con el nombre Narbona.

La tierra de Narbona, agradece los cuidados que Valeria, Pacha y el personal hace día a día en este destino.

Hoy, el mayor trabajo de Valeria; es seguir jugando con su profesión y lograr un equilibrio entre la fantasía y realidad. Una realidad que Humberto, su pareja; acompaña y un mundo de fantasía y magia donde León y Alfonsina, sus hijos, hacen sus sueños realidad.